El coche
avanzaba en un silencio ensordecedor.
Había
decidido sentarme atrás en cuanto abrió las puertas del vehículo. Ahora sentía
su mirada en el retrovisor cada pocos segundos, pero lo ignoraba.
“Pareces
triste. ¿Estás bien?” Preguntó Soul, con tono preocupado.
“Supongo que
estoy algo… Decepcionada. Jace era la única persona en la que confiaba. Supongo
que fui tonta. Caí en sus encantos y sin darme cuenta comencé a creer que de
verdad le importaba algo”
“Vamos, que
yo tenía razón al decir que estas coladita” dijo ella con suficiencia.
“Yo no he
dicho eso, no seas tonta. Pensaba que él me veía como a una hermana, que
realmente le importaba si algo me pasaba, pero ahora veo que solo soy una loca
mas a la que tiene que cuidar”
“Bueno,
tienes que admitir que eso tampoco es verdad. Nunca te ha tratado como si
estuvieras loca y cuida de ti más que de los demás”
“¿Podemos
dejar el tema, por favor?” La corté ya cansada de hablar de él.
“Vale, yo
solo quería ayudar. El doctor dice que es bueno mostrar los sentimientos
negativos y quitárselos de encima”
“¿Y desde
cuando le haces caso a ese “charlatán” y “matasanos”, como sueles llamarlo?”
“Solo
pensaba que si te ha dejado salir tal vez deberíamos escucharlo un poco más”
“Claro,
porque la salida ha sido genial, ¿verdad?” repliqué
“Touche”
“Tampoco
quiero hablar del doctor. Mejor, ¿porqué no me cuentas lo que pasó? Ya sabes,
cuando morí.”
“No estoy
muy segura de que sea una buena idea, Rave. Tal vez si no lo recuerdas es mejor
así.”
“Quiero
saberlo, Soul. Creo que tengo derecho”
“Como
quieras. Te lo mostraré, pero cierra los ojos, es mejor que finjas estar
dormida, él no para de mirarte.”
Cerré los
ojos y me dejé absorber por el torrente de imágenes.
NARRA SOUL
Cuando
apenas le quedaban unos metros para salir a la claridad del parque de nuevo, un
doloroso tirón en la cabeza le impidió continuar y fuimos arrastradas por el
pelo de vuelta al improvisado altar de sacrificios.
-¿A dónde
pensabas ir? ¿Eh, zorrita? No tienes a nadie. No le importas a nadie. Nadie te
escuchará. Ríndete.
Oh mierda.
Eso se parecía tanto a lo que su tía le dijo en su última visita. A lo que
ocasionó su silencio.
De repente
pude palpar el cambio en la mentalida de Raven. La desolación que la inundaba.
La
rendición.
"¡No
caigas Raven, eso es lo que quiere! ¡No te rindas!" Le grité tratando de
traerla de vuelta del vacío al que, notaba, había caído.
"¿Cómo
no rendirse si no tienes nada por lo que luchar?"Respondió con voz casi
espectral, pues no mostraba nada, ni miedo, ni pena, ni ira. Solo vacío.
El extraño volvió
a depositarnos en el centro del dibujo, pero esta vez, espada en mano.
Y lo
siguiente que sentí fue el extraño metal templado atravesándonos, de forma casi
indolora.
Podía
sentir a Raven abandonarme. A su alma dejando su cuerpo.
Sentía el
dolor de, por primera vez en miles de años, controlar un cuerpo humano.
Entonces
nuestros ojos se cerraron y ella ya no estaba allí.
Cuando los
volví a abrir, todo lo que vi fue una espada idéntica aparecer cruzando el
pecho del asesino y a este derretirse como si fuera un helado en pleno julio.
La sangre y
la carne derretida en proceso de putrefacción comenzó a caerme encima y en
apenas unos segundos podía sentir el líquido ardiente cubriéndome por completo.
Sinceramente
en ese momento creía esperar cualquier cosa, pero al ver a la persona que
apareció al derretirse el cuerpo y que sostenía la espada, comprendí que no era
cierto.
-Vaya,
preciosa, nunca imaginé encontrarte de esta manera- sonrió mostrando sus
blancos dientes con su arrebatadora sonrisa.
No le
contesté, pues además de no saber qué decir, no podía casi ni respirar.
-Supongo que
eres la preciosa número dos. Rave ya no está ahí ¿verdad?
Intenté
asentir pero apenas conseguí un ligero movimiento.
-De acuerdo.
Traigámosla de vuelta.
Con un veloz
movimiento arrancó la espada aún hundida en el estomago y la partió por la
mitad, haciendo que de ella goteara una extraña luz azulada y derramándola
sobre la ahora expuesta herida.
-Bien, con
eso debería bastar. Aúpa.-dijo agachándose y recogiéndome del suelo, no sin
dificultad pues la carne putrefacta y derretida me había pegado al pavimento de
la vereda.- Estas asquerosa. Así no te puedo llevar a ningún lado.
En vez de
tomar el camino por el que habíamos venido, él se internó en el bosque caminando
decidido, como si supiera hacia donde se dirigía.
Comencé a
escuchar agua a lo lejos, pero cada vez el sonido se acercaba más y más, hasta
que los árboles se abrieron a un pequeño acantilado de unos cuatro metros, que
daba al río, que por allí pasaba rápido, pero calmado.
-Lo siento,
preciosa, pero es necesario.
Y me arrojó
al río.
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