jueves, 1 de octubre de 2015

CAPITULO 14

-Bienvenida a Witches.- Dijo usando una especie de tono tetral, como si el pueblo debiera preocuparme.- Mejor nos damos prisa en entrar si queremos una visita guiada.-Me cogio de la mano y me arrastró hacia la entrada del edificio, donde un hombre anciano, de pelo grisaceo, rostro arrugado y enormes gafas marrones, nos miró como si estubieramos haciendo algo inapropiado.
-Buenos dias jovenes, ¿Puedo ayudarles en algo?
-Si, hemos venido a ver el museo.
-Han llegado a tiempo, la visita guiada esta a punto de comenzar, por favor, dirijanse hacia allí-dijo señalando hacia un enorme arco que se abria hacia otra habitación.
"Creo que esto va a ser un aburrimiento" se quejó Soul.


La verdad era que la visita habia sido interesante, sobre todo porque nosotros fuimos los unicos en ella.
Jace se la habbia pasado haciendo bromas tontas y comentarios que la señora que nos dio el tour no entendió, lo que a él parecia hacerle más gracia.
Ahora estabamos caminando por las estrechas callejuelas de piedra, que a mi me parecian encantadoras, en busca de la heladeria donde Jace decia que hacin los mejores helados que había probado.
-Realmente, en mi opinión, es lo único bueno que tiene este pueblo.
Lo miré confundida, pues si tanto odiaba ese pueblo, no comprendía porqué vivía allí, en lugar de marcharse.
Él me miró y pareció notar mi confusión.
-Sí, lo sé, suena estupido que me queje tanto, lo siento, tu estas mucho peor. La verdad es que no podria irme, aunque quisiera. Mi trabajo es importante para mí y fué por eso que me mudé aquí. Además, yo no podria dejarte... Bueno, no podría dejar Rimbaud.
Yo asentí y simplemente caminé mirando hacia el suelo, pues sentia un poco de tristeza al saber que no era porque yo le importara que no dejaba Rimbaud.
-Vaya, Jace, que sorpresa -dijo una voz femenina en tono meloso.
Yo alcé la vista y vi a la chica, a la que odié por puro instinto. Era una chica alta, de al menos 1´70 m, de pelo tan rubio que parcia blanco, piel que era casi tranlucida y ojos de un inquietante tono marrón rojizo. Era una chica bella de aspecto fragil e incluso dulce, pero la mirada que me lanzó, la hizo parecer peligrosa.
-Avery, ¿Que estas haciendo aquí?- Preguntó jace, sobresaltado y en tensión.
-He venido a verte, por supuesto. Me quedé muy triste- dijo mientras se acercaba  a él, le rodeaba el musculoso brazo con ambas manos y le hacia un puchero- cuando te fuistes sin decirme nada despues de pasarnoslo tan bien en mi habitación.
Esas palabras fueron como un golpe directo a mi estomago y me aparté un poco de ellos dos, sin saber muy bien como comportarme.
-Yo no puedo atenderte ahora, estoy con Raven de paseo.
-Mmm... ¿En serio?- ella se asomó a una lado de Jace para mirarme y sonrió con suficiencia- Que mona, pero creo que ya es mayorcita, ¿No te parece? Puede cuidarse un rato solita.
De repente, tras mirarla un momento y que ella le diera un pico en la boca, la postura rígida de Jace cambió y se relajó.
-Tienes razón, puede cuidarse sola un rato.
Al oirlo decir eso me tensé por completo. Él giró hacia mi, con una sonrisa dura y una mirada de superioridad, que estaba habituada a contemplar en el rostro de la mayoría de celadores, pero que jamás habia visto en él y el pánico fluyó por mi corriente sanguinea.
-Lo siento, nena, pero te quedas sola un ratito. Quiero que te sientes ahí- dijo señalando una especie de taburete de piedra que habia donde la calle de ladrillo se abría a una carretera y una pradera verde donde habia un parque- y que no te muevas hasta que yo vuelva, o te arrepentirás.
Estaba segura que el miedo y la incredulidad estaban claros como el agua en mi expresión, mientras me sentaba y lo veia marcharse, a un ritmo rápido, con Avery agarrada a su brazo. Ella, antes de desaparecer por la esquina se giró un poco hacia mí y sonrió mostrando una hilera de dientes afilados, como los de un tiburón, que antes no había visto.
Entonces se hizo el silencio.
No se oia nada más que mi respiración.
Fue entonces cuando las luces inundaron el callejón por el que habiamos venido. Flotaban a mi alrrededor, de cientos de tonalidades de colores distintas, ninguna igual a otra. Casi parecía que bailaban, cuando todo paró.
No fué hasta que lo vi aparecer, que comprendí que llevaba mucho tiempo sin ver a nadie.
La calle estaba vacía.
Solo estabamos yo, las luces y el enorme cuero del extraño hombre de luz.



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