jueves, 26 de febrero de 2015

CAPITULO 2: PARTE 2

CAPITULO 2: PARTE 2

La luz intensa entraba por la rendija bajo la puerta, iluminando todo el oscuro cuarto. Por la ventana no se veía nada, todo era negro, lo que era extraño porque no podían haber pasado tantas horas desde que me dormí.
Me levante y mire mi habitación. Estaba completamente vacía. En ella solo estábamos la cama y yo. ¿Dónde estaban todas mis cosas? ¿Cómo podían haberlas sacado sin que los oyera?
De repente, comenzó a soplar una intensa ráfaga de aire que abrió la puerta de par en par y me permitió ver el pasillo. Al mirar arriba no se veía el techo, ni esos horribles fluorescentes, solo luz, pura y blanca, que lo iluminaba todo de forma cálida. Las paredes no estaban cubiertas por ese espantoso papel pintado sino que eran de un color gris bastante agradable. Por todo el pasillo se extendía las paredes, completamente lisas, sin ninguna puerta, lo que era todavía más extraño que lo de mis cosas, porque hasta hacia unas horas, cuando había pasado por ese mismo pasillo, las puertas estaban allí, al menos unas cuatro y ahora no había nada. Era rarísimo. No sabía cómo podían haber hecho todo eso en el poco tiempo que llevara durmiendo, a no ser que me hubieran vuelto a sedar. La última vez que lo hicieron estuve inconsciente dos días. Pero no me habían puesto ninguna vía ni pinchado. Además, Jace me lo habría dicho. ¡Un momento! Jace no había venido a por mí para lo de la llamada, así que… Claro. Tenía que ser un sueño. Era la única explicación para todas las cosas raras, que siguiera durmiendo.
Con curiosidad por ver a donde me llevaba el sueño, camine hasta la escalera. Ella no había cambiado nada. Al bajar al segundo piso vi que allí también faltaban puertas, pero había algunas, extrañamente distribuidas. Camine hacia la más cercana pero no tenia pomo para abrirla. Por debajo se colaba la misma brillante luz que se había visto por la de mi habitación antes de abrirse.
Cuando empujé la puerta para abrirla, la supuesta madera cedió ante mis dedos y mi mano la traspasó como si solo fuera una fina lámina de agua flotando ante mí. Rápidamente, de un sobresalto, aparte la mano y la mire sorprendida. Aunque fuera un sueño esa puerta parecía muy real. Lentamente, con precaución, volví a introducir la mano sin sentir nada, era como si la puerta fuera cosa de mi cabeza, como si no hubiera nada allí. Fui metiendo el brazo poco a poco hasta el codo, con miedo de que de repente la puerta se solidificara. Bueno, era un sueño, todo podía pasar. Pero antes de que siguiera y acabar metiéndome dentro del todo escuche pasos en la escalera y me dirigí hacia ella para ver quien subía.
Jace y el tal Daniel subían como si tuvieran prisa. Corrí escaleras arriba de vuelta al pasillo de mi habitación y corrí hacia mi puerta. De nuevo estaba cerrada y , al igual que las de abajo, no tenia pomo. Al intentar traspasarla como había hecho con la de abajo no pude, por lo que me volví de cara al pasillo y espere a que llegaran, sin saber que me dirían en mi sueño.
-Las habitaciones de los pacientes no pueden tener pestillo por política del centro, pero aun asi es mejor que toques la puerta antes de entrar en una de las habitaciones, no solo por respeto e intimidad, que es algo que los “enfermos” del centro no suelen tener, sino para evitar posibles situaciones límite- Explicaba Jace mientras aparecía por la otra punta del pasillo. Por un segundo me miro directamente a los ojos, que se le abrieron con lo que parecía un gesto de sorpresa durante un milisegundo pero al instante, como si me lo hubiera imaginado, pasó su mirada de largo e hizo como que no me veía, o eso creía.
-¿Por qué podría eso causar una situación límite?- Preguntó Daniel apareciendo tras él. Era extraño, como todo lo que hasta ahora había pasado en el sueño, pero había dejado de brillar. El sí que me estaba mirando, sin molestarse en apartar los ojos de mí, como si quisiera que supiera que me veía, lo que era aun más raro. ¿Por qué no iba a verme?
-No conoces a ninguno de los pacientes, sus situaciones o sus posibles reacciones. Algunos pueden resultar agresivos si se les asusta.
En un gesto tan rápido que ni me dio tiempo a moverme, Jace camino hacia mí y ni siquiera me topo, me traspasó como si fuera un fantasma, como si hubiera desaparecido. Eso explicaría porque podía pasar la puerta de abajo, pero no porque no podía cruzar la mía, o porque Daniel me veía. Definitivamente era el sueño más raro que había tenido en toda mi vida.
Con unos golpes contundentes en la puerta que sentí resonar en mi cabeza, Jace me llamó y de repente una espiral se formó a mí alrededor y todo desapareció. Estaba en la más completa oscuridad.
-Raven, es la hora de la llamada- Dijo Jace desde el otro lado de la puerta.
Abrí los ojos y todo estaba en su sitio, igual que lo había dejado al acostarme. Los libros amontonados, el armario viejo, el desagradable papel pintado, todas mis cosas estaban bien, como siempre lo habían estado.
Me levante y abrí la puerta sin molestarme el estirarme la ropa o cepillarme el pelo con el único utensilio que me permitían tener, un viejo peine de plata que había sido de mi madre.
Ambos, lo que era rarísimo, como todo ese día, estaban exactamente en las mismas posiciones que segundos antes en mi sueño. Daniel me miraba como un bicho raro, pero lo pase por alto.

-Es la hora-Indicó Jace con una indulgente sonrisa.

Rimbaud

domingo, 22 de febrero de 2015

Capitulo2 Parte 1

CAPITULO 2
Raven.
No me sorprendió tanto como pensaba ver al chico de luz. Alice me había avisado de que vendría pronto .Pero no creía que fuera a ser Jace el que lo guiara, o que fuera a ser un trabajador.
Mientras Brigit sigue gritando como una posesa yo estudio la tabla. No lo voy a dejas ganar esta vez. Son raras las ocasiones en las que el me gana limpiamente, pero hay que admitir que ha mejorado mucho desde que empezamos a jugar.
Jace era una de las pocas personas que me gustaban en esa cárcel. El no era falso, ni quería nada de mí, era amable porque le salía del corazón. Era un hombre joven, de unos 23 años, aunque nunca le hubiera preguntado, sus ojos eran de un bonito azul cobalto, aunque las pocas veces que lo había visto enfadado con alguien se habían vuelto más oscuros todavía. Su pelo era de color castaño y lo llevaba lo suficientemente largo como para que se le callera sobre los ojos.
-¿Qué tal te está yendo el día? ¿Has hecho algo interesante?- Pregunto con una sonrisa ligera como hacia siempre. Esa era una de las cosas que me gustaban de él. Que no se rendía. Seguía hablándome y preguntándome cosas todos los días aunque supiera que no le iba a responder.
En ocasiones me había planteado responderle, contarlo todo lo que sabia y veía, pero… ” ¡NADIE QUIERE OIR TUS PALABRAS! ¡RINDETE!” Esa frase siempre resonaba en mi cabeza y me recordaba el por qué estaba allí y por qué no hablaba.
En el siguiente movimiento le hice jaque mate y la vista se me fue al chico de luz.
No es por lo guapo que fuera, que lo era, ni porque era rubio, es que su piel desprendía luz, claro que eso no lo podía decir allí o me atiborrarían a pastillas los siguientes meses.
Nunca había entendido por que veía lo que veía. No sabría como llamarlos. Pero algunas personas podían brillar, o eso recordaba.
En ocasiones, les creía, creía en lo que los médicos me decían, que eran alucinaciones, que todo estaba en mi cabeza y que con la medicación las luces y los colores desaparecerían.
Si. También veía colores flotantes. Eran como rayos de luz de colores que flotaban por todas partes y que nadie más veía. A veces parecían danzar entorno a alguien y otras esquivaban a las personas, sobre todo a los doctores.
Como ya he dicho, los habría creído, de no ser por que las luces y colores nunca desaparecían.
Había tomado todo tipo de medicación, desde la más suave hasta la que me dejaba fuera de juego durante días, y nada había cambiado. Seguían allí.
Al principio, cuando llevaba muy poco tiempo allí y todavía confiaba en los doctores les decía lo que veía y que nada funcionaba, que no se iban, que eran reales, pero ellos no podían verlos por lo que sentenciaron que estaba loca.
Cada vez que me cambiaban las medicinas y no funcionaban recordaba como mi abuela, cuando de pequeña me quedaba con ella me decía que no estaba loca, que mis ojos eran especiales y podía ver más del mundo que lo que los demás veían, porque estaban ciegos. Una pena que ella no pudiera hacer nada cuando decidieron encerrarme aquí.
Dejando de lado los recuerdos de infancia, ese chico de luz era más brillante que los que recordaba. Desde el día que me encerraron no había vuelto a ver a uno por lo que era llamativo que de repente apareciera allí sin saber de dónde venía ni por qué quería trabajar en un sitio tan espantoso como era Rimbaud.
-Hoy tienes uno de tus turnos de llamada de la semana. ¿Verdad?-Yo me limite a asentir, era la mayor comunicación que estaba dispuesta a hacer y solo con el o con Stella.-Muy bien, pues entonces pasare por tu habitación a la hora de siempre y llamaremos a tu abuela. ¿Estás segura de que no quieres llamar también a tu madre?
No le respondí. Me levante, cogí mi tablero y salí por la puerta bajo la atenta mirada de los otros celadores. Sabía que el solo quería ayudar, pero el tema me dolía. No es que no quisiera llamar a mi madre, es que no podía. Había muerto el mismo año que me encerraron, un par de meses antes y había quedado al cargo de mi tía y su marido, unos caza fortunas.
Caminar por los oscuros pasillos de esa horrible mansión se había vuelto algo rutinario. Debido a la cantidad de dinero que mi familia gastaba para mantenerme allí mi habitación era la mejor de la casa. Estaba en el tercer piso y, a pesar de los barrotes de la ventana, permitía una gran vista del bosque. Aunque eso no es que me tranquilizada. Estar aislada en medio de la nada sin ningún medio para salir de allí y con gente de la que desconfiaba no era algo muy agradable y me hacia estar siempre alerta. Incluso mientras dormía, pues no nos estaba permitido dormir encerrados y las puertas no tenían pestillo. En la habitación solo había un armario antiguo, de madera maciza, y una cama pequeña de hierro con un colchón comprado por mi abuela e impuesto por Jace, a pesar de las quejas del director.
Las paredes estaban cubiertas por ese espantoso papel pintado de flores que cubría casi cada centímetro del lugar y que yo odiaba. Por eso las había tapado con montones de hojas de papel que había decorado con algunas de mis citas favoritas. Cada vez que entraba me paraba un momento a leer algunas. Hoy leería mis favoritas:
“Las alteraciones de la vida no son ni mucho menos tantas como las de los sentimientos humanos” de Mary Shalley en su obra Frankenstein.
“A mis costados, sin cesar, se agita el Demonio/ flota alrededor mío como un aire impalpable/ lo aspiro y siento que abrasa mis pulmones/ y los llena de un deseo eterno y culpable” del poema La Destrucción de Charles Baudelaire.
La montaña de libros en la esquina, junto a una de las ventanas, no hacía sino aumentar cada vez que recibía un paquete. Mi abuela me mandaba todas las semanas una caja con libros, CD, y otras cosas para entretenerme.
Era una gran persona, aunque hacía años que no la veía. Mi tía, la que tenía potestad judicial sobre mí, pues según el psiquiatra al que le había pagado no estaba en mis cabales y no podía decidir sobre lo que hacer con la fortuna que me había dejado mi madre.
De un salto, me tire sobre la cama y mire el techo, antaño blanco, que ahora era de un tono casi amarillo. Y por un segundo, tan solo uno, me permití cerrar los ojos e imaginar que estaba fuera, que tenía una vida normal. A quien voy a engañar, que tenía una vida, porque lo que tenía allí dentro no lo era y seguramente nunca lo sería. Jamás tendría un novio, nunca iría a la universidad como esas chicas de las películas que veía con mi madre, no tendría una casa ni un trabajo ni hijos. No tendría nada más que estas cuatro espantosas y floridas paredes durante el resto de mi existencia.
“Ya basta de autocompasión, estúpida. No puedes caer en eso. Debes de ser fuerte y seguir adelante.”-habló una voz en mi cabeza.
Esa voz.
Supongo que escuchar voces no es algo normal, pero ya he demostrado que no lo soy. La voz no es como dicen que son, que te susurran que quemes sitios o mates a gente. No. La voz me hace mantenerme cuerda. Desde que tengo conciencia ha estado siempre ahí, escuchándome cuando no tenía a nadie más con quien hablar, animándome cuando estaba triste, diciéndome que me ayudaría cuando tuviera un problema y gritándome que luchara cuando el momento llegaba.
Pocas personas sabían lo de mi voz, a la que llamaba Soul a petición suya. Se lo había contado a mi primer loquero, al que mi madre me llevó cuando cumplí los siete años y los colores aparecieron. El no le dio importancia delante de mí, pero sé que a mi madre la asustó.
“Es más fácil decirlo que hacerlo” conteste a desgana. Ella era la única con la que hablaba, pues no usábamos palabras sino pensamientos.
“Sé que en ocasiones es difícil de recordar, pero yo estoy dentro de tu cabeza y se lo que sientes” replico ella con tono chulesco, como si yo fuera tonta.
“Créeme, no puedo olvidarlo. Y aunque lo intentara no me dejarías. A veces me gustaría no escucharte, no ver nada de esto” digo señalando las luces que danzan por la habitación “no entiendo porqué soy la única que las ve”
“Dudo mucho que seas la única, simplemente los demás no están encerrados aquí”
“¿Y eso por qué? No es justo. ¿Por qué a mí sí que me encierran en un psiquiátrico y a otras personas las dejan sueltas? Yo no he hecho nada malo ni estoy loca.” lamento con los ojos aguados, a punto de llorar.
“No sabría decirte yo si no estás loca. Ves luces que bailan y estás hablando con una voz en tu cabeza. Eso no es de estar muy cuerda.”

“Dijo la que solo es una voz” repliqué “Y ahora, si no te importa, me gustaría dormir un poco así que guarda silencio.” Ordene mientras cerraba los ojos.

viernes, 13 de febrero de 2015

CAPITULO 1

CAPITULO 1:
Jace.
El centro de reclusión para enfermos mentales Rimbaud no era un lugar alegre como decían los folletos de los hospitales cercanos. Era una gigantesca mansión de finales del siglo XIX. Una vieja casa de campo abandonada por sus dueños y comprada por el extraño doctor Arthur Rimbaud, fundador del psiquiátrico, en los años setenta. Con el paso de los años el exterior se fue descuidando y en el interior apenas habían cambiado las camas, mucho menos el descolorido y sucio papel pintado de flores que en la actualidad eran más borrones que rosas y azucenas.
Eran pocas las personas a las que se le permitía la entrada pues, supuestamente, se trataba a pacientes muy peligrosos. La entrada a familias solo se permitían una vez cada tres meses y bajo una estricta vigilancia por parte de los celadores.
Esa es otra de las cosas interesantes del lugar, eran pocos los celadores, doctores y enfermeras que allí trabajaban. Todos los celadores eran hombres, jóvenes y robustos que habían sido traídos de las granjas cercanas o por enchufe de algún doctor. Eran pocos los que eran amables. La mayoría trataba como el culo a los hombres enfermos y trataban de aprovecharse de las mujeres. Aunque no sabría decir quiénes eran peor. Las enfermeras apenas trabajaban. Los enfermos se mantenían gracias al duro trabajo de un par de ellas que solo seguían allí por el cariño que les tenían. Respecto a los doctores, la mayoría no pasaban más de una hora a la semana en el centro pues trabajaban en otros hospitales con pacientes “con futuro”, como solía decir el doctor Evans cuando creía que ninguno de los presentes lo oía.
En ocasiones resultaba entretenido escuchar a la gente cuando pensaban que no les prestabas atención. Descubres muchas cosas como que el doctor Alvin estaba liado con la enfermera Patty estando casado y con su mujer embarazada, o que el celador Johnsson estaba secretamente enamorado de Johanna, la paciente esquizofrénica de la habitación 23.
-Señor Blackhole-Llama el jefe de celadores- Haga el favor de atender al nuevo celador cuando llegue y que lo acompañe mientras hace su turno.
-Como usted diga señor.
Me levanto del hundido sofá de la sala de celadores, donde solemos hacer los descansos y cambios de turnos. Es una sala bastante iluminada, aunque por una irritante luz blanca que le da a la habitación el aspecto de un quirófano destartalado. En la pared más alejada de la puerta hay tres pequeñas ventanas, sucias y viejas, como todo lo que hay en ese lugar, por las que apenas pasa la luz pues el bosque ha ido avanzando hasta tener los arboles casi al ras del edificio. Las cargadas nubes que cubrían el cielo la mayor parte de los días del año tampoco ayudaban a darle un mejor aspecto. En la habitación había un par de pizarras de corcho con chinchetas en las que solían poner las hojas de turnos y la información interesante que casi nadie solía leer. También constaba de una nevera que debería estar en un basurero hacia años.
El pasillo recordaba a una de esas películas de miedo que habían estado tan de moda. Los fluorescentes del techo se reflejaban en las baldosas de tono amarillento dándoles un aspecto sucio. Algunos de los tubos de luz se habían apagado y en ocasiones parpadeaban, haciendo un viejo pasillo de manicomio más perturbador si pudiera ser posible.  La escalera que regia el centro de la enorme y destartalada mansión era bonita, una de las pocas cosas bonitas que habían allí, muy antigua y con ornamentos con forma de enredadera. Por lo que sabía, había sido enviada desde una vieja casa de campo europea unos años después de la reconstrucción de la mansión, que en 1955 se había quemado.
En el primer piso estaba la “recepción” y zona de seguridad, donde se registraban a los visitantes y los paquetes que enviaban para los residentes. El cubículo en el que los guardias estaban sentados observando su pequeña televisión solo se habría con una llave especial pues la puerta estaba blindada. Nunca había entendido la razón de tanta seguridad pues no era una cárcel, era un psiquiátrico.
-¿Que tal el día Jace?- Pregunto Stella, una de las pocas enfermeras que de verdad cuidaban a los pacientes. Iba vestida con ropa de calle, unos vaqueros y una camisa azul con una chaqueta y un paraguas en la mano.
-No estoy muy seguro, me preocupa Alice, hoy esta desvariando otra vez sobre lo de sus visiones- Le contesto. Alice era una chica de 23 años que sufría de alucinaciones, aunque los médicos no encontraban la causa.
-Me pasare a verla cuando suba. Por cierto, el nuevo es guapo, estaba aparcando cuando he entrado. Es una pena que te haya tocado a ti. Échales un ojo a las chicas o se le tiraran encima.
Las chicas a las que se referían eran Sasha y Maddie, unas gemelas de 30 años que tenían trastorno bipolar y durante sus días “buenos” saltaban a brazos de todos los hombre que veían, por ellas fue que las habitaciones de hombres y mujeres estaban localizadas en puntos opuestos. Aunque en ocasiones encontraba a alguna de las chicas con uno de los celadores en las zonas comunes.
La puerta principal, de cuatro metros y madera maciza, se abrió y por un momento tuve que entrecerrar los ojos pues había un extraño brillo que pronto desapareció. Un hombre joven, puede que un par de años mayor que yo, de unos 25, entro mirándolo todo. Era el típico chico de granja, piel morena, pelo rubio y ojos claros. Era robusto, como todos los que trabajábamos allí.
-Buenos días ¿eres Daniel?
-Sí. Tú debes de ser el señor Blackhole, un placer conocerlo.
-Llámame Jace. Bueno, hoy, como seguramente te haya dicho el señor Mallis que es el supervisor, me acompañaras durante parte de mi turno antes de hacer los papeles. Te enseñare todo esto y conocerás a algunos de los pacientes. Primero tienes que ponerte la bata azul, como ves es nuestro uniforme.- Caminando por el pasillo pasando las puertas que daban a las oficinas y al despacho del director del centro, estaban los vestuarios, dos habitaciones con taquillas en las que se dejaban nuestras pertenencias. Entre en el de hombres y abrí la taquilla 14- Esta va a ser tu taquilla. Es obligatorio dejar tus cosas aquí, como veras hay algunos pacientes con las manos largas. La bata estará en la cajonera de tu taquilla cuando empieces tu turno siempre que la dejes fuera para que la laven. Te esperare fuera mientras te cambias.
Apenas un minuto después de salir ya se ha reunido conmigo junto a la gran escalera, tras la que están las puertas de las zonas comunes.
-¿Alguna vez has trabajado en un sitio así?-pregunto antes de hacerlo pasar.
-Era el conductor de la ambulancia de la morgue del hospital, así que estoy acostumbrado a ver cosas desagradables.
-Esto no es como una morgue, aquí tienes que estar totalmente alerta todo el tiempo. Los pacientes son impredecibles. Nunca sabes si se van a abalanzar en tu contra, en la de los otros enfermos o si van a intentar quitarse la vida. Su salud depende de nosotros y es algo muy serio.
-Puedes contar conmigo Jace.
Dicho eso, le hice una señal al guardia para que abriera la puerta de seguridad y entramos al pasillo principal.
-Todas estas habitaciones son los consultorios de los doctores, donde hacen pruebas y hablan con los pacientes. Nosotros no pintamos nada allí. Si te piden que escoltes a un paciente a uno de los despachos, lo haces y sigues con tu rutina. El verdadero centro de todo es la sala de juegos. Alli reúnen a todos los pacientes, que en este momento son 45, y estos se relacionan entre ellos.
-¿45 personas no son muy pocos para tantos trabajadores?
-Lo son, pero este es un lugar caro. Ni tu ni yo nos o podríamos permitir, por lo que tienen dinero de sobra para contratar personal de sobra.
Las puertas del gran salón estaban cerradas y en ellas había dos ventanitas por las que se veían el interior. Las abrí y entre en la sala atestada de personas en batas blancas y pijamas extraños. La habitación tenia forma rectangular, de techos altísimos y paredes grises. Repartida por ella habían montones de mesas y sillas donde se sentaban enfermos, enfermeras y celadores. Algunos se tomaban su medicación, otros pintaban, en la punta más alejada de la sala había un antiguo piano de cola en el que un anciano intentaba tocar a Mozart, aunque sonaba como un niño tocando por primera vez.
Alice, una chica pequeñas de pelo oscuro y corto, piel tan blanca que parecía translucida y ojos inquietantemente oscuros, estaba sentada sola en una de las mesas con aspecto alicaído. Tenía un lápiz en la mano y pintaba con furia en un cuaderno en el que dibujaba sus “visiones”, como ella las llamaba.
Durante media hora recorrí el salón hablando con algunos de los pacientes que parecían de mal humor, tristes, con Daniel pegado a mí observando en silencio como trataba a los enfermos. Algunos de ellos se mostraban desconfiados ante su presencia y otros simplemente lo ignoraban.
Entonces la puerta del salón se abrió y entro ella.
Raven Blossom era la paciente más antigua del centro. Con solo 19 años llevaba allí más que todos los celadores aunque nadie sabía decir cuánto tiempo exactamente. Era una chica preciosa, de ojos de un verde oscuro que recordaba a las hojas de los pinos, con piel color crema por los años sin salir al sol y de bonita figura de reloj de arena que la hacía parecer más alta que su metro sesenta. Llevaba puesto un pantalón de pijama azules con dibujos de nubes y soles y una camiseta de Evanescence que yo mismo le había conseguido a petición de su abuela, que por vivir en el extremo opuesto del país me había pedido que cuidara de ella. Y no le quitaba el ojo pues la quería como a una hermana y no podía permitir que los otros celadores intentaran aprovecharse de ella.
Caminando hacia la mesa en la que se había sentado, ella me mira y le sonrió. Deja en la mesa el tablero de ajedrez que llevaba en brazos y comienza a colocar las fichas.
-Buenos días Raven ¿Qué tal estas hoy?-Pregunto cómo cada día. Ella no responde, como siempre. Sube las piernas y se hace una bola pero parece dedicarme una mirada que diga “¿Por qué no te rindes?”- Algún día conseguiré que me contestes, soy muy persistente.
Desde el día en que la conocí, hacía ya tres años, no había pronunciado una palabra. En mi primera semana mi curiosidad me llevo a preguntarles a los otros celadores, que me dijeron que nunca la habían oído hablar y que pensaban que era muda. Fue Stella la que me dijo que no lo era, pero que desde el día en que su madre la había visitado por última vez, hacia unos siete años, no había vuelto a hablar. Entonces, comenzamos con nuestras partidas diarias y yo hablaba para incitarla a hablar pero no había tenido resultados.
-¿Quieres empezar hoy tu?- Siempre movía yo primero pero no perdía nada por ver si quería cambiar. No se movió, solo se limito a observarme y me encogí de hombros.
Daniel seguía a mi lado, aunque de pie y me observaba interactuar con ella, con gran curiosidad, como si fuéramos un espectáculo de circo. Notaba que Raven lo evitaba, intentaba no mirar hacia el, aunque le costaba. Eso me daba curiosidad.
-Este es Daniel. Acaba de empezar a trabajar aquí. Supongo que lo veras muy a menudo. Es el sustituto de John, que como ya sabes se ha mudado con su novia a Washington D.C..
-¿Nunca contesta?- Pregunta el mientras observo el tablero para comenzar la jugada.
-No, pero escucha muy bien ¿verdad? Y da muy buenos consejos, si sabes interpretarlos, claro está. Tras años de tratar con ella he aprendido a intuir lo que diría solo con un gesto o una mirada. Ya aprenderás. Las personas aquí son muy… peculiares. No todas se comunican como lo hacemos nosotros.
-¡¡¡Suéltame!!! ¡No tienes derecho a quitármelas, son mías! – grito Brigit, una pirómana de 14 años. Kurtis, uno de los pocos celadores decentes, la había visto con cerillas y se las había requisado por lo que ella estaba enfadada.
-Pobre, va a tener que volver a esa terapia con el Dr. Andrew.
Raven se limito a mover y continuamos con nuestra partida, que Daniel observo en silencio.


MY DEMONS

jueves, 12 de febrero de 2015

Agradecimientos

Antes de continuar publicando el primer capitulo queria hacer los agradecimientos(se lo que pensais, ni que fuera un autor famoso ¡PERO QUIERO HACERLO!)
Asi que comenzare por mi madre, que siempre se queja de que no soy capaz de acabar una historia, y con razon, pero que me apoya a la hora de escribir.
En segundo lugar mi hermana, que siempre esta a mi lado, literalmente, a sol y sombra pero que tambien me ayuda a dar rienda suelta a mis locuras.
La siguiente en la lista es Kalina, mi mejor amiga y que suele ser la primera en leerse mis desvarios y me anima a continuar escreibiendo.
A mi abuela le devo muchas de las frases que utilizo.
Tambien quiero darle las gracias a Gine, mi profesora de literatura por las citas tan alucinantes que he conseguido de sus clases(el que siga la historia entendera lo de las citas).
Y en general a mis compañeros, por aguantarme con mis locuras (Alicia, Fran, Melany, etc), a mis profesores y a mi familia.


starset- My demon

miércoles, 11 de febrero de 2015

PRÓLOGO

Todos tenemos un demonio dentro.
Esa oración suele referirse a la parte mala de una persona, a una actitud, siempre y cuando no se esté refiriendo a que un demonio se ha apoderado de un cuerpo que no le pertenece, en ese caso se necesitaría un exorcista.
Pero no es del todo errónea.
Pocos son los que saben que los demonios existen y que, en ocasiones, el nacimiento de un humano coincide con la conversión de un alma del purgatorio en un demonio. En esos casos, el alma del purgatorio es obligada a vagar por el mundo hasta encontrar un cuerpo apto para ella, el cuerpo sin vida de un recién nacido. En ese momento, en la que el bebé no tiene alma y esta desprotegido, el demonio ocupa el puesto del alma perdida y le devuelve la vida. No sería un caso como el del exorcismo, pues el demonio no es un intruso, sino más bien un salvador. Estas personas, en cuyo interior, en cuya alma hay un demonio, se conocen como Demons.

CÍTA

Las alucinaciones son innumerables. Es lo que siempre he tenido, perdida en la historia olvido de los principios. Me lo callare.

Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud.

Entrada

El mundo de My Demon va a ser un poco raro al principio por lo que espero que el que lo lea comente y haga sugerencias al respecto.