Un sonido consiguió traspasar la oscuridad.
Una voz.
No.
No cualquier voz.
Su voz.
-... ines que despertar. Por favor pequeña, no has llegado hasta aquí para acabar así.
Comencé a sentir un hormigueo en donde suponía que deberían de estar las puntas de mis dedos del pie.
Lejos, muy lejos, otra voz pareció susurrar algo que no entendí, pero al parecer Jace si.
-¡Si, trae un botiquín! ¡Rápido! Tiene una contusión muy fea en la cabeza.
Poco a poco volvía a sentir mi cuerpo y con este, el dolor y el frío.
-Por favor - suplico con voz desesperada, mientras me abrazaba sentía un roce cálido sobre mis labios congelados y seguramente morados.- Abre los ojos.
Con mucho esfuerzo intente separar los pesados parpados y estos se abrieron, dejándome ver a través de las oscuras y húmedas pestañas el rostro al que tantas vueltas le había dado en los últimos días.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, pude ver la desesperación y el miedo en sus oscuros ojos azules, sentimientos que rápidamente dejaron paso a un arrollador alivio.
-Dios, menos mal. Estas despierta. ¿Como te encuentras? ¿Te duele algo?
Estaba muy cerca, tan cerca que me costaba ver algo que no fuera a el.
Con delicadeza, cogió un mechón de pelo que tenia pegado al rostro, aun mojado, y lo puso tras mi oreja.
Fue en ese momento, al sentir mi pelo mojado pegado a los hombros y la espalda y las frías losas del suelo directamente sobre mi piel, que me di cuenta de que estaba completamente desnuda y en los brazos de Jace.
Rápidamente lo empujé y me tapé lo que pude con los brazos.
Entonces, su mirada se dirigió al lugar que mis manos protegían y un rubor rojo tiñó sus mejillas antes de apartar la mirada de nuevo.
Un golpe en la puerta, como si la hubieran abierto con agresividad, nos advirtió de que alguien se acercaba.
El celador Jonhsson y Stella entraron en la zona de las duchas apresuradamente y se nos quedaron mirando por un segundo.
Stella se adelantó con un maletín blanco y rojo en la mano y se arrodillo a nuestro lado.
-Ya estoy aquí. Parece que tu torpeza se ha elevado a otro nivel, Raven. Hace mucho que no tienes un accidente y ahora estas a punto de morir en la ducha. No es una buena forma de acabar.- Dijo mientras abría el maletín y sacaba una botella de desinfectante, en tono de broma.
Johnsson no dio nada, pero cogió mi toalla colgada de un gancho y se la acercó a Jace, que se había puesto en pie e intentaba mirar a cualquier sitio menos a mi figura en el suelo. Este me la echo encima, sin mirar y me tape como pude.
De repente, Stella presiono algo contra mi cabeza y siseé de dolor.
-Lo siento, tienes una buena brecha aquí arriba, necesitara un par de puntos. Tenemos que llevarla a la sala de examen, en el botiquín no llevo lo necesario para cerrarle la herida ni ara comprobar sus constantes ni sus reflejos. Lo mas probable es que tenga una conmoción leve.
Sin decir nada más, Jace me cogió en volandas, apretándome con fuerza contra su pecho. Yo no protesté, porque no valía la pena, pero me asegure de que no se cayera la toalla.
La sala de examen era como cualquier consulta medica, cualquiera de los años setenta.
Un camastro duro ocupaba el centro de la habitación, en la que tan solo habían armarios con material medico como gasas, alcohol, desinfectante o yeso, y un enorme y anticuado ordenador que parecía tener mas edad que yo sobre un raído escritorio de madera oscura.
Yo estaba tendida sobre el catre, sobre una sabana de papel que mi goteante cabello mojaba. Una enfermera había entrado hacia un rato para dejar mi ropa, la que había dejado en los bancos de los vestuarios, sobre una mesa de metal con ruedas con mas material medico y me había dicho que me vistiera.
Jace, Johnsson y Stella me habían dejado allí y se habían ido.
La puerta se abrió, sobresaltándome, y la enfermera Shiver entro con su habitual porte regio.
Shiver era la jefa de enfermeras, una mujer mayor, de unos 50 años con pelo oscuro y cano, piel pálida y arrugada y siempre maquillada en exceso. Su moño, siempre perfecto, sostenía el gorro típico de los trajes de las enfermeras antiguas. Si cualquiera fuera de allí la viera pensaría que venia de una fiesta de disfraces, pues era la única que vestía ese uniforme.
Sentía gran curiosidad por ella, pues era una de las pocas trabajadoras de las que no conocía el nombre. Pero ademas, no solía mezclarse con los pacientes, o ninguno de los otros trabajadores, excluyendo a Mallis. Ellos dos controlaban Rimbaud en la ausencia del gestor y del dueño, que no pasaban por allí mas que un par de veces al año, para el día de puertas abiertas, en el que todo se lavaba y abrillantaba para hacerlo parecer agradable.
Nunca me había gustado Shiver, pero ahora, tras saber que ella estaba enterada de mis problemas con mi tía y de la verdadera razón de que yo estuviera allí, no soportaba verla.
-Parece que no puede mantenerse usted a salvo, señorita Blossom. Dijo una vez estuvo a mi lado.
La mire fijamente, mientras ella acercaba la mesita metálica al lado del catre y cortaba unas gasas.
-Sabe, su tía ha estado muy interesada en su estado de salud. Al parecer se acerca una fecha importante.
"¿Una fecha importante?¿De que esta hablando?" Pregunté mentalmente. Mientras esperaba una respuesta recordé que llevaba un tiempo sin oír a Soul.
Me sentía confusa y desorientada. Y las palabras de Shiver no ayudaban a aclararme nada.¿Que día era hoy?
-Al parecer, tendremos una fiesta que celebrar en unas semanas.
¡Es cierto! ¡Mi cumpleaños era en tres semanas! Y... Seria mayor de edad para cobrar la herencia de mi madre.
Y eso mi tía no lo permitiría.
La malefica sonrisa de Shiver fue lo ultimo que vi antes de desmayarme.
Cuando abrí los ojos de nuevo, no estaba en la sala de examen.
Estaba en mi habitación.
Por la estrecha ventana a penas entraba un atisbo de luz plateada que dibujaba los barrotes en el suelo, como una sombra mas en el oscuro cuarto.
Había pasado prácticamente todo el día dormida.
Cuando intenté incorporarme algo me lo impidió.
Miré hacia el cabecero y allí estaban mis manos, sujetas por unos grilletes plateados, con las mismas runas azules que el cuchillo que había matado a Alice y que la espada que me había matado a mi.
Un chirrido fuera me hizo mirar a la puerta, entreabierta.
Entonces comprendí que esto era un sueño, pero no un sueño bueno.
Jace me iba a matar.
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