CAPITULO 5
No es fácil ignorar a alguien que se supone que tiene que
cuidarte.
Llevaba todo el día intentando ignorar a Daniel pero aparecía
en todos lados. Se estaba volviendo cansino.
Al parecer no fui a la única a la que le llamó la atención
que anduviera todo el día detrás de mí pues Nancy y Stella comenzaron a mirarlo
a penas apartando los ojos de él, como si lo vigilaran.
A parte de la extraña persecución, fue un día aburrido, más de
lo habitual, pues que Jace no estuviera para hacer sus tonterías hacía a la
mansión aún más oscura de lo que ya de por si era. No es como si no pudiera
vivir sin él, simplemente el día se hacía más pesado sin un payaso.
-Señorita Blossom, es su turno.- Informó una voz por la
destartalada megafonía del centro.
Me levanté y salí de la sala común junto a los celadores
Gómez y Marcus.
Era miércoles, día de consultas. Los doctores se encerraban
en sus despachos nada más llegar e iban revisando a los pacientes por orden de
lista, mirando análisis, cambiando la medicación y todo tipo de tonterías que
solo servían para sacar el dinero a las familias. Nadie mejoraba.
Muchos habían salido del centro, yo tenía el record de
permanencia, pero nunca porque se hubieran recuperado. Siempre ocurría algo que
hacía que abandonaran el centro. La familia se sentía culpable por abandonar a
alguien allí y se lo llevaban a casa, o no eran capaces de seguir pagando la
mensualidad. Otra de las razones frecuentes era que el paciente empeorara, como
algunos casos en los que habían llegado a ser auténticos peligros contra la
seguridad y la vida, suya y de los demás.
El único motivo por el que jamás se había ido alguien era por
curarse. Allí no te curaban. Te atiborraban a pastillas hasta que solo podías
dormir, te hacían terapias que nunca funcionaban o simplemente te dejaban vagar
por los pasillos sin hacer nada por ti.
El pasillo de las consuntas era uno de los pocos lugares de
la casa en el que los fluorescentes del techo no parpadeaban. Las placas con
los nombres de los doctores brillaban en las puertas mientras pasábamos por
delante hasta que los celadores pararon frente a una puerta cuya chapa rezaba:
“Dr. A. Ghost.”
El Dr. Ghost era de lo mejorcito de entre los doctores. Desde
que me habían asignado a él casi nunca me obligaba a hincharme a pastillas para
dormir que me dejaban grogui todo el día, como si que hacia el Dr. Phillies. El
se sentaba y me hacía preguntas a las que yo no respondía, miraba mis análisis
y me despachaba con una amable aunque en ocasiones falsa sonrisa de cuarentón.
Ese día no fue diferente.
Al abrir las puertas de su despacho, miré el escritorio
situado en la esquina más alejada de la ventana, como si le molestara el sol
para trabajar. Sobre el estaban colocados montones de papeles desordenados que
no había tocado en años. Junto a las ventanas se encontraba un sofá, antaño
gris, pero que ahora era de un color sucio, y se hundía ligeramente cuando te
sentabas. Frente a este y en el centro de la habitación había un sillón negro,
de aspecto reconfortante, y en el que el doctor siempre estaba sentado.
-Buenos días, señorita Blossom.-saludó el doctor con rostro
amable.
Sin decir nada, caminé por la estancia y me senté en el
sillón, dándole la espalda al doctor y mirando, de forma anhelante como solía
decir él, por la ventana, hacia los arboles a unos metros, en la linde del
bosque.
Deseaba poder salir a pasear entre los enormes arboles,
sentir el sol y las sombras que las hojas causaban, meter las manos en la
tierra y pisar con los pies desnudos las hojas marrones del suelo.
Parecía tan agradable.
Pero nunca pasaría.
-Bueno, como siempre mirando por la ventana. Eres la única
que lo hace ¿Sabes? Los demás pacientes se sientan, me miran y hablan durante
horas, pero tu no. Eso me hace preguntarme en lo que estarás pensando.
Durante sus sesiones, realmente no pensaba en nada.
Simplemente me relajaba y evadía. Supongo que en cierto modo ese aspecto de la
terapia funcionaba.
-Me han comentado algunas enfermeras que el nuevo celador
esta… como decirlo de forma suave… Interesado en ti de forma preocupante. ¿No
tienes nada que decir a eso?
Aparté la vista de la ventana y la fijé en él. Negué con la
cabeza.
“No creo que haya nada que puedas hacer por quitarme a ese
pirado de encima, a no ser que tengas poder para despedirlo, que lo dudo.”
Pensé para mí.
-Muy bien. No sé si debería de preocuparme o hablar con Jace
sobre el tema. De momento lo dejaremos estar pero si ocurre algo… Algo malo,
tienes que informarnos inmediatamente.
Durante el resto de la hora habló sin parar, pues nuestras
sesiones parecían más terapia para él que para mí. Yo no le prestaba atención y
él lo sabía, aunque no parecía importarle.
Cuando dio por acabada la sesión el sol ya empezaba a
esconderse y la hora de la cena se acercaba.
“¿Soul? ¿Estás ahí?”Pregunté mientras caminaba hacia el
comedor.
“Si, aunque me siento un poco rara. ¿Puede estar una
consciencia sin cuerpo mareada?”Respondió y un gran alivio inundó mi cuerpo.
“No lo sé, pero me alegro de escucharte, ese tío está pirado,
no ha parado de decirme cosas de lo más extrañas”
“No entiendo la mayoría de las cosas y no se que hay que
hacer con esto, pero creo que de momento debes ser cautelosa y te lo digo
porque cada vez que el está cerca yo no puedo ayudarte. Ten cuidado”
“Es la hora de cenar y supongo que él estará allí, guardemos
silencio y veamos que pasa”.
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