CAPITULO 2
Raven.
No me sorprendió tanto
como pensaba ver al chico de luz. Alice me había avisado de que vendría pronto
.Pero no creía que fuera a ser Jace el que lo guiara, o que fuera a ser un
trabajador.
Mientras Brigit sigue
gritando como una posesa yo estudio la tabla. No lo voy a dejas ganar esta vez.
Son raras las ocasiones en las que el me gana limpiamente, pero hay que admitir
que ha mejorado mucho desde que empezamos a jugar.
Jace era una de las
pocas personas que me gustaban en esa cárcel. El no era falso, ni quería nada
de mí, era amable porque le salía del corazón. Era un hombre joven, de unos 23
años, aunque nunca le hubiera preguntado, sus ojos eran de un bonito azul
cobalto, aunque las pocas veces que lo había visto enfadado con alguien se
habían vuelto más oscuros todavía. Su pelo era de color castaño y lo llevaba lo
suficientemente largo como para que se le callera sobre los ojos.
-¿Qué tal te está yendo
el día? ¿Has hecho algo interesante?- Pregunto con una sonrisa ligera como
hacia siempre. Esa era una de las cosas que me gustaban de él. Que no se
rendía. Seguía hablándome y preguntándome cosas todos los días aunque supiera
que no le iba a responder.
En ocasiones me había
planteado responderle, contarlo todo lo que sabia y veía, pero… ” ¡NADIE QUIERE
OIR TUS PALABRAS! ¡RINDETE!” Esa frase siempre resonaba en mi cabeza y me
recordaba el por qué estaba allí y por qué no hablaba.
En el siguiente
movimiento le hice jaque mate y la vista se me fue al chico de luz.
No es por lo guapo que
fuera, que lo era, ni porque era rubio, es que su piel desprendía luz, claro
que eso no lo podía decir allí o me atiborrarían a pastillas los siguientes
meses.
Nunca había entendido
por que veía lo que veía. No sabría como llamarlos. Pero algunas personas
podían brillar, o eso recordaba.
En ocasiones, les
creía, creía en lo que los médicos me decían, que eran alucinaciones, que todo
estaba en mi cabeza y que con la medicación las luces y los colores
desaparecerían.
Si. También veía
colores flotantes. Eran como rayos de luz de colores que flotaban por todas
partes y que nadie más veía. A veces parecían danzar entorno a alguien y otras
esquivaban a las personas, sobre todo a los doctores.
Como ya he dicho, los
habría creído, de no ser por que las luces y colores nunca desaparecían.
Había tomado todo tipo
de medicación, desde la más suave hasta la que me dejaba fuera de juego durante
días, y nada había cambiado. Seguían allí.
Al principio, cuando
llevaba muy poco tiempo allí y todavía confiaba en los doctores les decía lo
que veía y que nada funcionaba, que no se iban, que eran reales, pero ellos no
podían verlos por lo que sentenciaron que estaba loca.
Cada vez que me
cambiaban las medicinas y no funcionaban recordaba como mi abuela, cuando de
pequeña me quedaba con ella me decía que no estaba loca, que mis ojos eran
especiales y podía ver más del mundo que lo que los demás veían, porque estaban
ciegos. Una pena que ella no pudiera hacer nada cuando decidieron encerrarme
aquí.
Dejando de lado los
recuerdos de infancia, ese chico de luz era más brillante que los que
recordaba. Desde el día que me encerraron no había vuelto a ver a uno por lo
que era llamativo que de repente apareciera allí sin saber de dónde venía ni
por qué quería trabajar en un sitio tan espantoso como era Rimbaud.
-Hoy tienes uno de tus
turnos de llamada de la semana. ¿Verdad?-Yo me limite a asentir, era la mayor
comunicación que estaba dispuesta a hacer y solo con el o con Stella.-Muy bien,
pues entonces pasare por tu habitación a la hora de siempre y llamaremos a tu
abuela. ¿Estás segura de que no quieres llamar también a tu madre?
No le respondí. Me
levante, cogí mi tablero y salí por la puerta bajo la atenta mirada de los
otros celadores. Sabía que el solo quería ayudar, pero el tema me dolía. No es
que no quisiera llamar a mi madre, es que no podía. Había muerto el mismo año
que me encerraron, un par de meses antes y había quedado al cargo de mi tía y
su marido, unos caza fortunas.
Caminar por los oscuros
pasillos de esa horrible mansión se había vuelto algo rutinario. Debido a la
cantidad de dinero que mi familia gastaba para mantenerme allí mi habitación
era la mejor de la casa. Estaba en el tercer piso y, a pesar de los barrotes de
la ventana, permitía una gran vista del bosque. Aunque eso no es que me
tranquilizada. Estar aislada en medio de la nada sin ningún medio para salir de
allí y con gente de la que desconfiaba no era algo muy agradable y me hacia
estar siempre alerta. Incluso mientras dormía, pues no nos estaba permitido
dormir encerrados y las puertas no tenían pestillo. En la habitación solo había
un armario antiguo, de madera maciza, y una cama pequeña de hierro con un
colchón comprado por mi abuela e impuesto por Jace, a pesar de las quejas del
director.
Las paredes estaban
cubiertas por ese espantoso papel pintado de flores que cubría casi cada
centímetro del lugar y que yo odiaba. Por eso las había tapado con montones de
hojas de papel que había decorado con algunas de mis citas favoritas. Cada vez
que entraba me paraba un momento a leer algunas. Hoy leería mis favoritas:
“Las alteraciones de la
vida no son ni mucho menos tantas como las de los sentimientos humanos” de Mary
Shalley en su obra Frankenstein.
“A mis costados, sin
cesar, se agita el Demonio/ flota alrededor mío como un aire impalpable/ lo
aspiro y siento que abrasa mis pulmones/ y los llena de un deseo eterno y
culpable” del poema La Destrucción de Charles Baudelaire.
La montaña de libros en
la esquina, junto a una de las ventanas, no hacía sino aumentar cada vez que
recibía un paquete. Mi abuela me mandaba todas las semanas una caja con libros,
CD, y otras cosas para entretenerme.
Era una gran persona,
aunque hacía años que no la veía. Mi tía, la que tenía potestad judicial sobre
mí, pues según el psiquiatra al que le había pagado no estaba en mis cabales y
no podía decidir sobre lo que hacer con la fortuna que me había dejado mi
madre.
De un salto, me tire
sobre la cama y mire el techo, antaño blanco, que ahora era de un tono casi
amarillo. Y por un segundo, tan solo uno, me permití cerrar los ojos e imaginar
que estaba fuera, que tenía una vida normal. A quien voy a engañar, que tenía
una vida, porque lo que tenía allí dentro no lo era y seguramente nunca lo
sería. Jamás tendría un novio, nunca iría a la universidad como esas chicas de
las películas que veía con mi madre, no tendría una casa ni un trabajo ni
hijos. No tendría nada más que estas cuatro espantosas y floridas paredes
durante el resto de mi existencia.
“Ya basta de
autocompasión, estúpida. No puedes caer en eso. Debes de ser fuerte y seguir
adelante.”-habló una voz en mi cabeza.
Esa voz.
Supongo que escuchar
voces no es algo normal, pero ya he demostrado que no lo soy. La voz no es como
dicen que son, que te susurran que quemes sitios o mates a gente. No. La voz me
hace mantenerme cuerda. Desde que tengo conciencia ha estado siempre ahí,
escuchándome cuando no tenía a nadie más con quien hablar, animándome cuando
estaba triste, diciéndome que me ayudaría cuando tuviera un problema y
gritándome que luchara cuando el momento llegaba.
Pocas personas sabían
lo de mi voz, a la que llamaba Soul a petición suya. Se lo había contado a mi
primer loquero, al que mi madre me llevó cuando cumplí los siete años y los
colores aparecieron. El no le dio importancia delante de mí, pero sé que a mi
madre la asustó.
“Es más fácil decirlo
que hacerlo” conteste a desgana. Ella era la única con la que hablaba, pues no
usábamos palabras sino pensamientos.
“Sé que en ocasiones es
difícil de recordar, pero yo estoy dentro de tu cabeza y se lo que sientes”
replico ella con tono chulesco, como si yo fuera tonta.
“Créeme, no puedo
olvidarlo. Y aunque lo intentara no me dejarías. A veces me gustaría no
escucharte, no ver nada de esto” digo señalando las luces que danzan por la
habitación “no entiendo porqué soy la única que las ve”
“Dudo mucho que seas la
única, simplemente los demás no están encerrados aquí”
“¿Y eso por qué? No es
justo. ¿Por qué a mí sí que me encierran en un psiquiátrico y a otras personas
las dejan sueltas? Yo no he hecho nada malo ni estoy loca.” lamento con los
ojos aguados, a punto de llorar.
“No sabría decirte yo
si no estás loca. Ves luces que bailan y estás hablando con una voz en tu
cabeza. Eso no es de estar muy cuerda.”
“Dijo la que solo es
una voz” repliqué “Y ahora, si no te importa, me gustaría dormir un poco así
que guarda silencio.” Ordene mientras cerraba los ojos.
Puntuación: Buena.
ResponderEliminarPensaba irme a la cama, pero no he podido, me he visto en la tentación de leer este capítulo, y si me ha pasado eso, es que la historia es buena. Te felicito.
Así, sin explicar mucho sobre Soul, suena más a La Huésped, de Stephenie Meyer. Sé que realmente no es eso, pero no dejes que tus otros seguidores se hagan esa idea.
¡Te animo a que continúes con la historia!