domingo, 22 de febrero de 2015

Capitulo2 Parte 1

CAPITULO 2
Raven.
No me sorprendió tanto como pensaba ver al chico de luz. Alice me había avisado de que vendría pronto .Pero no creía que fuera a ser Jace el que lo guiara, o que fuera a ser un trabajador.
Mientras Brigit sigue gritando como una posesa yo estudio la tabla. No lo voy a dejas ganar esta vez. Son raras las ocasiones en las que el me gana limpiamente, pero hay que admitir que ha mejorado mucho desde que empezamos a jugar.
Jace era una de las pocas personas que me gustaban en esa cárcel. El no era falso, ni quería nada de mí, era amable porque le salía del corazón. Era un hombre joven, de unos 23 años, aunque nunca le hubiera preguntado, sus ojos eran de un bonito azul cobalto, aunque las pocas veces que lo había visto enfadado con alguien se habían vuelto más oscuros todavía. Su pelo era de color castaño y lo llevaba lo suficientemente largo como para que se le callera sobre los ojos.
-¿Qué tal te está yendo el día? ¿Has hecho algo interesante?- Pregunto con una sonrisa ligera como hacia siempre. Esa era una de las cosas que me gustaban de él. Que no se rendía. Seguía hablándome y preguntándome cosas todos los días aunque supiera que no le iba a responder.
En ocasiones me había planteado responderle, contarlo todo lo que sabia y veía, pero… ” ¡NADIE QUIERE OIR TUS PALABRAS! ¡RINDETE!” Esa frase siempre resonaba en mi cabeza y me recordaba el por qué estaba allí y por qué no hablaba.
En el siguiente movimiento le hice jaque mate y la vista se me fue al chico de luz.
No es por lo guapo que fuera, que lo era, ni porque era rubio, es que su piel desprendía luz, claro que eso no lo podía decir allí o me atiborrarían a pastillas los siguientes meses.
Nunca había entendido por que veía lo que veía. No sabría como llamarlos. Pero algunas personas podían brillar, o eso recordaba.
En ocasiones, les creía, creía en lo que los médicos me decían, que eran alucinaciones, que todo estaba en mi cabeza y que con la medicación las luces y los colores desaparecerían.
Si. También veía colores flotantes. Eran como rayos de luz de colores que flotaban por todas partes y que nadie más veía. A veces parecían danzar entorno a alguien y otras esquivaban a las personas, sobre todo a los doctores.
Como ya he dicho, los habría creído, de no ser por que las luces y colores nunca desaparecían.
Había tomado todo tipo de medicación, desde la más suave hasta la que me dejaba fuera de juego durante días, y nada había cambiado. Seguían allí.
Al principio, cuando llevaba muy poco tiempo allí y todavía confiaba en los doctores les decía lo que veía y que nada funcionaba, que no se iban, que eran reales, pero ellos no podían verlos por lo que sentenciaron que estaba loca.
Cada vez que me cambiaban las medicinas y no funcionaban recordaba como mi abuela, cuando de pequeña me quedaba con ella me decía que no estaba loca, que mis ojos eran especiales y podía ver más del mundo que lo que los demás veían, porque estaban ciegos. Una pena que ella no pudiera hacer nada cuando decidieron encerrarme aquí.
Dejando de lado los recuerdos de infancia, ese chico de luz era más brillante que los que recordaba. Desde el día que me encerraron no había vuelto a ver a uno por lo que era llamativo que de repente apareciera allí sin saber de dónde venía ni por qué quería trabajar en un sitio tan espantoso como era Rimbaud.
-Hoy tienes uno de tus turnos de llamada de la semana. ¿Verdad?-Yo me limite a asentir, era la mayor comunicación que estaba dispuesta a hacer y solo con el o con Stella.-Muy bien, pues entonces pasare por tu habitación a la hora de siempre y llamaremos a tu abuela. ¿Estás segura de que no quieres llamar también a tu madre?
No le respondí. Me levante, cogí mi tablero y salí por la puerta bajo la atenta mirada de los otros celadores. Sabía que el solo quería ayudar, pero el tema me dolía. No es que no quisiera llamar a mi madre, es que no podía. Había muerto el mismo año que me encerraron, un par de meses antes y había quedado al cargo de mi tía y su marido, unos caza fortunas.
Caminar por los oscuros pasillos de esa horrible mansión se había vuelto algo rutinario. Debido a la cantidad de dinero que mi familia gastaba para mantenerme allí mi habitación era la mejor de la casa. Estaba en el tercer piso y, a pesar de los barrotes de la ventana, permitía una gran vista del bosque. Aunque eso no es que me tranquilizada. Estar aislada en medio de la nada sin ningún medio para salir de allí y con gente de la que desconfiaba no era algo muy agradable y me hacia estar siempre alerta. Incluso mientras dormía, pues no nos estaba permitido dormir encerrados y las puertas no tenían pestillo. En la habitación solo había un armario antiguo, de madera maciza, y una cama pequeña de hierro con un colchón comprado por mi abuela e impuesto por Jace, a pesar de las quejas del director.
Las paredes estaban cubiertas por ese espantoso papel pintado de flores que cubría casi cada centímetro del lugar y que yo odiaba. Por eso las había tapado con montones de hojas de papel que había decorado con algunas de mis citas favoritas. Cada vez que entraba me paraba un momento a leer algunas. Hoy leería mis favoritas:
“Las alteraciones de la vida no son ni mucho menos tantas como las de los sentimientos humanos” de Mary Shalley en su obra Frankenstein.
“A mis costados, sin cesar, se agita el Demonio/ flota alrededor mío como un aire impalpable/ lo aspiro y siento que abrasa mis pulmones/ y los llena de un deseo eterno y culpable” del poema La Destrucción de Charles Baudelaire.
La montaña de libros en la esquina, junto a una de las ventanas, no hacía sino aumentar cada vez que recibía un paquete. Mi abuela me mandaba todas las semanas una caja con libros, CD, y otras cosas para entretenerme.
Era una gran persona, aunque hacía años que no la veía. Mi tía, la que tenía potestad judicial sobre mí, pues según el psiquiatra al que le había pagado no estaba en mis cabales y no podía decidir sobre lo que hacer con la fortuna que me había dejado mi madre.
De un salto, me tire sobre la cama y mire el techo, antaño blanco, que ahora era de un tono casi amarillo. Y por un segundo, tan solo uno, me permití cerrar los ojos e imaginar que estaba fuera, que tenía una vida normal. A quien voy a engañar, que tenía una vida, porque lo que tenía allí dentro no lo era y seguramente nunca lo sería. Jamás tendría un novio, nunca iría a la universidad como esas chicas de las películas que veía con mi madre, no tendría una casa ni un trabajo ni hijos. No tendría nada más que estas cuatro espantosas y floridas paredes durante el resto de mi existencia.
“Ya basta de autocompasión, estúpida. No puedes caer en eso. Debes de ser fuerte y seguir adelante.”-habló una voz en mi cabeza.
Esa voz.
Supongo que escuchar voces no es algo normal, pero ya he demostrado que no lo soy. La voz no es como dicen que son, que te susurran que quemes sitios o mates a gente. No. La voz me hace mantenerme cuerda. Desde que tengo conciencia ha estado siempre ahí, escuchándome cuando no tenía a nadie más con quien hablar, animándome cuando estaba triste, diciéndome que me ayudaría cuando tuviera un problema y gritándome que luchara cuando el momento llegaba.
Pocas personas sabían lo de mi voz, a la que llamaba Soul a petición suya. Se lo había contado a mi primer loquero, al que mi madre me llevó cuando cumplí los siete años y los colores aparecieron. El no le dio importancia delante de mí, pero sé que a mi madre la asustó.
“Es más fácil decirlo que hacerlo” conteste a desgana. Ella era la única con la que hablaba, pues no usábamos palabras sino pensamientos.
“Sé que en ocasiones es difícil de recordar, pero yo estoy dentro de tu cabeza y se lo que sientes” replico ella con tono chulesco, como si yo fuera tonta.
“Créeme, no puedo olvidarlo. Y aunque lo intentara no me dejarías. A veces me gustaría no escucharte, no ver nada de esto” digo señalando las luces que danzan por la habitación “no entiendo porqué soy la única que las ve”
“Dudo mucho que seas la única, simplemente los demás no están encerrados aquí”
“¿Y eso por qué? No es justo. ¿Por qué a mí sí que me encierran en un psiquiátrico y a otras personas las dejan sueltas? Yo no he hecho nada malo ni estoy loca.” lamento con los ojos aguados, a punto de llorar.
“No sabría decirte yo si no estás loca. Ves luces que bailan y estás hablando con una voz en tu cabeza. Eso no es de estar muy cuerda.”

“Dijo la que solo es una voz” repliqué “Y ahora, si no te importa, me gustaría dormir un poco así que guarda silencio.” Ordene mientras cerraba los ojos.

1 comentario:

  1. Puntuación: Buena.
    Pensaba irme a la cama, pero no he podido, me he visto en la tentación de leer este capítulo, y si me ha pasado eso, es que la historia es buena. Te felicito.
    Así, sin explicar mucho sobre Soul, suena más a La Huésped, de Stephenie Meyer. Sé que realmente no es eso, pero no dejes que tus otros seguidores se hagan esa idea.
    ¡Te animo a que continúes con la historia!

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