CAPITULO 1:
Jace.
El centro de reclusión
para enfermos mentales Rimbaud no era un lugar alegre como decían los folletos
de los hospitales cercanos. Era una gigantesca mansión de finales del siglo
XIX. Una vieja casa de campo abandonada por sus dueños y comprada por el
extraño doctor Arthur Rimbaud, fundador del psiquiátrico, en los años setenta.
Con el paso de los años el exterior se fue descuidando y en el interior apenas
habían cambiado las camas, mucho menos el descolorido y sucio papel pintado de
flores que en la actualidad eran más borrones que rosas y azucenas.
Eran pocas las personas
a las que se le permitía la entrada pues, supuestamente, se trataba a pacientes
muy peligrosos. La entrada a familias solo se permitían una vez cada tres meses
y bajo una estricta vigilancia por parte de los celadores.
Esa es otra de las
cosas interesantes del lugar, eran pocos los celadores, doctores y enfermeras
que allí trabajaban. Todos los celadores eran hombres, jóvenes y robustos que
habían sido traídos de las granjas cercanas o por enchufe de algún doctor. Eran
pocos los que eran amables. La mayoría trataba como el culo a los hombres
enfermos y trataban de aprovecharse de las mujeres. Aunque no sabría decir quiénes
eran peor. Las enfermeras apenas trabajaban. Los enfermos se mantenían gracias
al duro trabajo de un par de ellas que solo seguían allí por el cariño que les
tenían. Respecto a los doctores, la mayoría no pasaban más de una hora a la
semana en el centro pues trabajaban en otros hospitales con pacientes “con
futuro”, como solía decir el doctor Evans cuando creía que ninguno de los
presentes lo oía.
En ocasiones resultaba
entretenido escuchar a la gente cuando pensaban que no les prestabas atención.
Descubres muchas cosas como que el doctor Alvin estaba liado con la enfermera
Patty estando casado y con su mujer embarazada, o que el celador Johnsson
estaba secretamente enamorado de Johanna, la paciente esquizofrénica de la
habitación 23.
-Señor Blackhole-Llama
el jefe de celadores- Haga el favor de atender al nuevo celador cuando llegue y
que lo acompañe mientras hace su turno.
-Como usted diga señor.
Me levanto del hundido
sofá de la sala de celadores, donde solemos hacer los descansos y cambios de
turnos. Es una sala bastante iluminada, aunque por una irritante luz blanca que
le da a la habitación el aspecto de un quirófano destartalado. En la pared más
alejada de la puerta hay tres pequeñas ventanas, sucias y viejas, como todo lo
que hay en ese lugar, por las que apenas pasa la luz pues el bosque ha ido
avanzando hasta tener los arboles casi al ras del edificio. Las cargadas nubes
que cubrían el cielo la mayor parte de los días del año tampoco ayudaban a
darle un mejor aspecto. En la habitación había un par de pizarras de corcho con
chinchetas en las que solían poner las hojas de turnos y la información
interesante que casi nadie solía leer. También constaba de una nevera que
debería estar en un basurero hacia años.
El pasillo recordaba a
una de esas películas de miedo que habían estado tan de moda. Los fluorescentes
del techo se reflejaban en las baldosas de tono amarillento dándoles un aspecto
sucio. Algunos de los tubos de luz se habían apagado y en ocasiones
parpadeaban, haciendo un viejo pasillo de manicomio más perturbador si pudiera
ser posible. La escalera que regia el
centro de la enorme y destartalada mansión era bonita, una de las pocas cosas
bonitas que habían allí, muy antigua y con ornamentos con forma de enredadera.
Por lo que sabía, había sido enviada desde una vieja casa de campo europea unos
años después de la reconstrucción de la mansión, que en 1955 se había quemado.
En el primer piso
estaba la “recepción” y zona de seguridad, donde se registraban a los
visitantes y los paquetes que enviaban para los residentes. El cubículo en el
que los guardias estaban sentados observando su pequeña televisión solo se
habría con una llave especial pues la puerta estaba blindada. Nunca había
entendido la razón de tanta seguridad pues no era una cárcel, era un
psiquiátrico.
-¿Que tal el día Jace?-
Pregunto Stella, una de las pocas enfermeras que de verdad cuidaban a los
pacientes. Iba vestida con ropa de calle, unos vaqueros y una camisa azul con
una chaqueta y un paraguas en la mano.
-No estoy muy seguro,
me preocupa Alice, hoy esta desvariando otra vez sobre lo de sus visiones- Le
contesto. Alice era una chica de 23 años que sufría de alucinaciones, aunque
los médicos no encontraban la causa.
-Me pasare a verla
cuando suba. Por cierto, el nuevo es guapo, estaba aparcando cuando he entrado.
Es una pena que te haya tocado a ti. Échales un ojo a las chicas o se le
tiraran encima.
Las chicas a las que se
referían eran Sasha y Maddie, unas gemelas de 30 años que tenían trastorno
bipolar y durante sus días “buenos” saltaban a brazos de todos los hombre que
veían, por ellas fue que las habitaciones de hombres y mujeres estaban
localizadas en puntos opuestos. Aunque en ocasiones encontraba a alguna de las
chicas con uno de los celadores en las zonas comunes.
La puerta principal, de
cuatro metros y madera maciza, se abrió y por un momento tuve que entrecerrar
los ojos pues había un extraño brillo que pronto desapareció. Un hombre joven,
puede que un par de años mayor que yo, de unos 25, entro mirándolo todo. Era el
típico chico de granja, piel morena, pelo rubio y ojos claros. Era robusto,
como todos los que trabajábamos allí.
-Buenos días ¿eres
Daniel?
-Sí. Tú debes de ser el
señor Blackhole, un placer conocerlo.
-Llámame Jace. Bueno,
hoy, como seguramente te haya dicho el señor Mallis que es el supervisor, me
acompañaras durante parte de mi turno antes de hacer los papeles. Te enseñare
todo esto y conocerás a algunos de los pacientes. Primero tienes que ponerte la
bata azul, como ves es nuestro uniforme.- Caminando por el pasillo pasando las
puertas que daban a las oficinas y al despacho del director del centro, estaban
los vestuarios, dos habitaciones con taquillas en las que se dejaban nuestras
pertenencias. Entre en el de hombres y abrí la taquilla 14- Esta va a ser tu
taquilla. Es obligatorio dejar tus cosas aquí, como veras hay algunos pacientes
con las manos largas. La bata estará en la cajonera de tu taquilla cuando
empieces tu turno siempre que la dejes fuera para que la laven. Te esperare
fuera mientras te cambias.
Apenas un minuto
después de salir ya se ha reunido conmigo junto a la gran escalera, tras la que
están las puertas de las zonas comunes.
-¿Alguna vez has
trabajado en un sitio así?-pregunto antes de hacerlo pasar.
-Era el conductor de la
ambulancia de la morgue del hospital, así que estoy acostumbrado a ver cosas
desagradables.
-Esto no es como una
morgue, aquí tienes que estar totalmente alerta todo el tiempo. Los pacientes
son impredecibles. Nunca sabes si se van a abalanzar en tu contra, en la de los
otros enfermos o si van a intentar quitarse la vida. Su salud depende de
nosotros y es algo muy serio.
-Puedes contar conmigo
Jace.
Dicho eso, le hice una
señal al guardia para que abriera la puerta de seguridad y entramos al pasillo
principal.
-Todas estas
habitaciones son los consultorios de los doctores, donde hacen pruebas y hablan
con los pacientes. Nosotros no pintamos nada allí. Si te piden que escoltes a
un paciente a uno de los despachos, lo haces y sigues con tu rutina. El
verdadero centro de todo es la sala de juegos. Alli reúnen a todos los
pacientes, que en este momento son 45, y estos se relacionan entre ellos.
-¿45 personas no son
muy pocos para tantos trabajadores?
-Lo son, pero este es
un lugar caro. Ni tu ni yo nos o podríamos permitir, por lo que tienen dinero
de sobra para contratar personal de sobra.
Las puertas del gran
salón estaban cerradas y en ellas había dos ventanitas por las que se veían el
interior. Las abrí y entre en la sala atestada de personas en batas blancas y
pijamas extraños. La habitación tenia forma rectangular, de techos altísimos y
paredes grises. Repartida por ella habían montones de mesas y sillas donde se
sentaban enfermos, enfermeras y celadores. Algunos se tomaban su medicación,
otros pintaban, en la punta más alejada de la sala había un antiguo piano de
cola en el que un anciano intentaba tocar a Mozart, aunque sonaba como un niño tocando
por primera vez.
Alice, una chica
pequeñas de pelo oscuro y corto, piel tan blanca que parecía translucida y ojos
inquietantemente oscuros, estaba sentada sola en una de las mesas con aspecto alicaído.
Tenía un lápiz en la mano y pintaba con furia en un cuaderno en el que dibujaba
sus “visiones”, como ella las llamaba.
Durante media hora recorrí
el salón hablando con algunos de los pacientes que parecían de mal humor,
tristes, con Daniel pegado a mí observando en silencio como trataba a los enfermos.
Algunos de ellos se mostraban desconfiados ante su presencia y otros
simplemente lo ignoraban.
Entonces la puerta del salón
se abrió y entro ella.
Raven Blossom era la
paciente más antigua del centro. Con solo 19 años llevaba allí más que todos
los celadores aunque nadie sabía decir cuánto tiempo exactamente. Era una chica
preciosa, de ojos de un verde oscuro que recordaba a las hojas de los pinos,
con piel color crema por los años sin salir al sol y de bonita figura de reloj de
arena que la hacía parecer más alta que su metro sesenta. Llevaba puesto un pantalón
de pijama azules con dibujos de nubes y soles y una camiseta de Evanescence que
yo mismo le había conseguido a petición de su abuela, que por vivir en el
extremo opuesto del país me había pedido que cuidara de ella. Y no le quitaba
el ojo pues la quería como a una hermana y no podía permitir que los otros
celadores intentaran aprovecharse de ella.
Caminando hacia la mesa
en la que se había sentado, ella me mira y le sonrió. Deja en la mesa el
tablero de ajedrez que llevaba en brazos y comienza a colocar las fichas.
-Buenos días Raven ¿Qué
tal estas hoy?-Pregunto cómo cada día. Ella no responde, como siempre. Sube las
piernas y se hace una bola pero parece dedicarme una mirada que diga “¿Por qué no
te rindes?”- Algún día conseguiré que me contestes, soy muy persistente.
Desde el día en que la conocí,
hacía ya tres años, no había pronunciado una palabra. En mi primera semana mi
curiosidad me llevo a preguntarles a los otros celadores, que me dijeron que
nunca la habían oído hablar y que pensaban que era muda. Fue Stella la que me
dijo que no lo era, pero que desde el día en que su madre la había visitado por
última vez, hacia unos siete años, no había vuelto a hablar. Entonces,
comenzamos con nuestras partidas diarias y yo hablaba para incitarla a hablar
pero no había tenido resultados.
-¿Quieres empezar hoy
tu?- Siempre movía yo primero pero no perdía nada por ver si quería cambiar. No
se movió, solo se limito a observarme y me encogí de hombros.
Daniel seguía a mi
lado, aunque de pie y me observaba interactuar con ella, con gran curiosidad,
como si fuéramos un espectáculo de circo. Notaba que Raven lo evitaba,
intentaba no mirar hacia el, aunque le costaba. Eso me daba curiosidad.
-Este es Daniel. Acaba
de empezar a trabajar aquí. Supongo que lo veras muy a menudo. Es el sustituto
de John, que como ya sabes se ha mudado con su novia a Washington D.C..
-¿Nunca contesta?-
Pregunta el mientras observo el tablero para comenzar la jugada.
-No, pero escucha muy
bien ¿verdad? Y da muy buenos consejos, si sabes interpretarlos, claro está. Tras
años de tratar con ella he aprendido a intuir lo que diría solo con un gesto o
una mirada. Ya aprenderás. Las personas aquí son muy… peculiares. No todas se
comunican como lo hacemos nosotros.
-¡¡¡Suéltame!!! ¡No
tienes derecho a quitármelas, son mías! – grito Brigit, una pirómana de 14
años. Kurtis, uno de los pocos celadores decentes, la había visto con cerillas
y se las había requisado por lo que ella estaba enfadada.
-Pobre, va a tener que
volver a esa terapia con el Dr. Andrew.
Raven se limito a mover
y continuamos con nuestra partida, que Daniel observo en silencio.
Wow, no me puedes dejar el capitulo asi +0+!! Waaaaaa! Me encanta, es fantastica, es una historia muy atrayente! siguela! PD: cada cuanto tiempo vas a subir el siguente capitulo? PD2: continuaras la otra historia!?! *^*
ResponderEliminarvoy a intentar publicar todas las semanas pero con los examenes y eso no estoy segura.
ResponderEliminarLa historia tiene un buen principio, de eso nadie se puede quejar. Me ha hecho gracia que pusieses que la de las visiones se llamase Alice, y lo de la camiseta de Evanescence... dio sin duda tu toque de "mi firma es esta".
ResponderEliminarAl tiempo que leía la historia, me daba a entender que el local es viejo y siniestro, me recordó a American Horror Story, pero después mencionas que los parientes de los pacientes tienen dinero, entonces me pregunté : <¿y por qué no arreglarán esa luz que parpadea?> . Realmente esas luces me ponen de los nervios.
El argumento de la historia es cautivador.
Quiero saber más sobre Raven y el secreto (que ya lo sé) que esconde.
me encanta que me comprendas, jajajaj. Has dado en el clavo con todo, hasta lo de American Horror Story
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