CAPITULO 3
Mi abuela estaba bien. Quería saber cómo iba mi tratamiento y
Jace se enrolló contándole cosas técnicas que seguro que ella no entendería.
Durante los 15 minutos de la llamada, Daniel estuvo mirándome
fijamente, pues Jace le daba la espalda, y de vez en cuando me sonreía como si
quisiera que supiera que sabía algo de mí, aunque no podía saber lo que era.
Como todos los días, los celadores, al sonar las campanadas
del reloj de la sala, al dar las siete, nos dirigían a todos hacia el comedor
para que las cocineras nos sirvieran la cena.
La comida no era extremadamente agradable, aunque había
mejorado bastante desde que Riley, la nueva cocinera, había llegado hacia unos
meses. La anterior tubo un… accidente, por así decirlo, con unos cuchillos y las
gemelas. Ese día salió de allí en una de las camillas del centro, que nunca se
utilizaban, gritando a todo pulmón que hundiría a la institución o algo por el
estilo. Para ser sincera, no le preste mucha atención. Cuando uno vive rodeado
de locos suele evadirse con mayor facilidad.
Volviendo a la comida, la verdad sea dicha, no tenía ni idea
de lo que era. Una especie de puré amarillento, aunque estaba segura que no era
de patatas, y pequeños trozos de carne, ya cortados, junto a un envase de
gelatina verde. Por seguridad, solo nos daban una cuchara y un vaso de
plástico, para evitar que nos agrediéramos con los tenedores, cuchillos y
cristales, todos ellos por anteriores experiencias y todas acabaron con un
empleado en urgencias y el atacante en la habitación de castigo.
La habitación de castigo era un pequeño cubículo en el sótano
en el que encerraban durante 24 horas a los que se habían portado mal, como si
fuéramos presidiarios. Yo nunca había estado allí y eso que llevaba muchos años
encerrada en el centro. Pero había visto los dibujos de Alice y eran
espantosos, claro que ella no era la persona más cuerda de por allí así que no
podía estar segura de que fuera realmente así, pero solo por no comprobarlo
merecía la pena tener una buena conducta.
-Aquí tienes tu cena, bonita- Dijo Janice, la camarera de
unos 50 años que llevaba sirviendo la comida en el centro al menos unos nueve
años. Era una mujer grande, de piel arrugada, pelo cano y ojos oscuros que era
amable con todos cuando tenía un buen día, pero que en una de sus días malos
podía actuar como un basilisco.
Camine por la sala bajo la atenta mirada de al menos 15
celadores hasta sentarme en mi mesa usual. A penas preste atención al sabor de
la cena y me apresure a tragar para poder deshacerme del rancio regusto.
Termine rápidamente y me levanté para irme a mi habitación.
Al salir por la puerta, Daniel y Jace aparecieron, como si acabaran de salir de
los despachos y las salas de “pruebas”.
-Siempre tan rápida con la comida. Deberías comer más, te
hace falta, estas en los huesos-Dijo Jace a modo de saludo, como burlándose. No
era la paciente más delgada. Era alta, aunque obviamente no tanto coma lo era
él, y de huesos gruesos.
No le preste atención y seguí andando.
-Buenas noches Blossom. -Se despidió cuando llegamos arriba.
Como ya hacia tiempo que había oscurecido, encendí la luz,
cogí una de los libros, Crónica de una
muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, un escritor colombiano. La
había leído varias veces pues la historia siempre me había resultado rara y a
la vez interesante.
“no entiendo por qué lees ese libro, es de lo más aburrido”
se quejó Soul.
“Ya decía yo que estabas tardando en entrometerte. Has estado
muy callada.”
“¿Me has echado de menos? Voy a llorar” dijo poniendo tono de
burla, lo que casi me hizo reír. Era tan distinta a mí y aún así era parte de
mí.
“En realidad todo ha estado mucho más tranquilo sin ti dando
voces o criticando a todos, solo que me preguntaba porque era. Llevas años sin
estar callada tanto tiempo y las horas de dormir no cuentan.” Le explique
cerrando el libro y dejándolo junto a mí.
“¿Quieres que te sea sincera?” preguntó de repente seria.
“Si te pregunto es para que me contestes. ¿No crees?”
Soltó lo que pareció un suspiro de pesadez y habló:
“Creo que es cosa de ese chico nuevo, el tan Daniel. Su luz
me desagrada. Es como si me obligara a quedarme en el rincón más oscuro,
escondiéndome. No me gusta. Me hace sentir indefensa”
“Vaya. Voy a tener que juntarme más con el si me va a
proporcionas momentos de tanta tranquilidad” comente en broma. En el fondo
quería mucho a Soul. Era la única persona que no me había abandonado.
“Estoy hablando muy en serio, Raven. Tengo un mal
presentimiento con ese chico. No dejes que se te acerque demasiado.” Advirtió,
preocupada.
“Claro. No te preocupes. No es como si yo fuera la única
paciente del sanatorio. Su sonrisita a mí tampoco me gusta. La gente que sonríe
tanto sin razón suele esconder algo, o eso creo, suele pasar en los libros.”
“Es tan triste, prácticamente todo lo que sabes de la vida lo
sabes por leer las de otros, gente que ni siquiera existe.”
“Perdona, pero no creo que tengas derecho a criticar. Tú eres
una voz e la cabeza de ese alguien que no ha vivido. ¿Qué sabrás tú?”
“Más de lo que crees. Puede que algún día te lo cuente. ¿No
crees que ya es un poco tarde?”
Nada mas preguntar eso, las luces se apagaron de golpe,
indicando que ya era la hora de dormir. Apartando el libro, me metí bajo las
sabanas y cerré los ojos.
“Buenas noches, Soul.”
“Que duermas bien, Raven.”
Un extraño ruido, como un pitido, se me despertó.
Al abrir los ojos, me encontré de nuevo con la escena de mi
último sueño. Mi habitación, vacía, el paisaje fuera de la ventana
completamente negro, las paredes grises, todo era igual salvo que esta vez, la
puerta ya estaba abierta.
“Esto es muy extraño” Pensé.
Había oído de gente que repetían algunos de sus sueños a lo
largo de los años, como si la mente no les sirviera para uno nuevo, pero yo
nunca había repetido uno.
Como no sabía qué hacer, si quedarme o irme a vagar por la
mansión, me decidí por salir de allí, ya que en la habitación no parecía haber
nada que hacer. El pasillo seguí sin tener puertas, además de la mía, lo que no
ocurrió en el pasillo inferior. Ahora, las puertas eran muchas más, como si se hubieran
multiplicado. Podía notarse la diferencia entre la luz que salía de algunas de
las puertas. En algunas cambiaba el color y en otras la intensidad.
El pitido que me había despertado parecía ser más fuerte
allí, hasta casi resultar molesto, por lo que seguí bajando la escalera,
mientras el pitido volvía a bajar de intensidad.
En el piso principal, el pasillo se abría para dejar paso a
las oficinas de los doctores, a las zonas comunes o, si salías por las puertas
dobles de seguridad, a la zona de entrada.
Al acercarme a las puertas dobles probé a empujarlas y, como
en el suelo anterior, mis manos traspasaron el pesado metal. Pero esa vez no me
quede ahí, no. Preparándome para cualquier cosa que pasara, di un paso hacia
delante y traspase toda la puerta, entrando en el vestíbulo por primera vez
desde hacía mucho tiempo. No había cambiado nada. La moqueta del suelo seguía
siendo vieja y gastada, aunque al menos parecía limpia. En la mesa que había en
el centro de la pequeña sala de espera que formaba la entrada, con sillas de
aspecto lujoso, o que al menos hacia un siglo lo habían sido, había una mesa de
madera con un florero verde y flores frescas, aunque no sabía de qué tipo.
Sabia por las conversaciones de algunos de los celadores y enfermeras que las flores
de ese jarrón solían estar marchitas o simplemente no haber. Solo los días en
los que estaba prevista alguna visita se colocaban.
A la izquierda de las dobles puertas estaba la pecera en la
que los guardias observaban las cámaras de seguridad, o simplemente veían
deportes mientras fingían trabajar, como estaban haciendo en ese momento. Dos
guardias de aspecto rudo que en ocasiones muy escasas entraban en las
dependencias estaban dentro. Uno de ellos veía la tele en la pantalla pequeña
frente a él mientras que el otro dormía en una silla con la cabeza apoyada en
el escritorio donde descansaban los monitores de seguridad.
Al pasar por delante me puse a gesticular y hacer caras, pero
ninguno se movió, por lo que no me veían. Por primera vez en mucho tiempo se me
escapó una carcajada. Fue cuando Daniel salió de lo que parecían los
vestuarios. Me miró de nuevo, fijamente, como ya lo había hecho antes. Sonrió y
caminó hacia mí con paso decidido.
-Pensaba que tardarías más tiempo en florecer, preciosa, pero
ya veo que me equivocaba.
“¿De qué habla este pirado?” pensé poniéndole mala cara.
“Ahora no lo puedes entender, pero más tarde lo harás.”
¿Qué demonios? ¿Acaba de leer mi mente? Cada vez este sueño parecía
más raro.
Cuando iba a contestar, de repente, sentí como una especie de
tirón en mi cabeza, como si fuera un aviso de algo. Comencé a marearme y justo
cuando Jace salió por las mismas puertas por las que Daniel había salido, todo
el recorrido que había hecho desde mi habitación pasó ante mis ojos en un
segundo y al levantarme para tomar aire estaba en mi habitación de nuevo.
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