viernes, 6 de marzo de 2015

CAPITULO 3

CAPITULO 3

Mi abuela estaba bien. Quería saber cómo iba mi tratamiento y Jace se enrolló contándole cosas técnicas que seguro que ella no entendería.
Durante los 15 minutos de la llamada, Daniel estuvo mirándome fijamente, pues Jace le daba la espalda, y de vez en cuando me sonreía como si quisiera que supiera que sabía algo de mí, aunque no podía saber lo que era.
Como todos los días, los celadores, al sonar las campanadas del reloj de la sala, al dar las siete, nos dirigían a todos hacia el comedor para que las cocineras nos sirvieran la cena.
La comida no era extremadamente agradable, aunque había mejorado bastante desde que Riley, la nueva cocinera, había llegado hacia unos meses. La anterior tubo un… accidente, por así decirlo, con unos cuchillos y las gemelas. Ese día salió de allí en una de las camillas del centro, que nunca se utilizaban, gritando a todo pulmón que hundiría a la institución o algo por el estilo. Para ser sincera, no le preste mucha atención. Cuando uno vive rodeado de locos suele evadirse con mayor facilidad.
Volviendo a la comida, la verdad sea dicha, no tenía ni idea de lo que era. Una especie de puré amarillento, aunque estaba segura que no era de patatas, y pequeños trozos de carne, ya cortados, junto a un envase de gelatina verde. Por seguridad, solo nos daban una cuchara y un vaso de plástico, para evitar que nos agrediéramos con los tenedores, cuchillos y cristales, todos ellos por anteriores experiencias y todas acabaron con un empleado en urgencias y el atacante en la habitación de castigo.
La habitación de castigo era un pequeño cubículo en el sótano en el que encerraban durante 24 horas a los que se habían portado mal, como si fuéramos presidiarios. Yo nunca había estado allí y eso que llevaba muchos años encerrada en el centro. Pero había visto los dibujos de Alice y eran espantosos, claro que ella no era la persona más cuerda de por allí así que no podía estar segura de que fuera realmente así, pero solo por no comprobarlo merecía la pena tener una buena conducta.
-Aquí tienes tu cena, bonita- Dijo Janice, la camarera de unos 50 años que llevaba sirviendo la comida en el centro al menos unos nueve años. Era una mujer grande, de piel arrugada, pelo cano y ojos oscuros que era amable con todos cuando tenía un buen día, pero que en una de sus días malos podía actuar como un basilisco.
Camine por la sala bajo la atenta mirada de al menos 15 celadores hasta sentarme en mi mesa usual. A penas preste atención al sabor de la cena y me apresure a tragar para poder deshacerme del rancio regusto.
Termine rápidamente y me levanté para irme a mi habitación. Al salir por la puerta, Daniel y Jace aparecieron, como si acabaran de salir de los despachos y las salas de “pruebas”.
-Siempre tan rápida con la comida. Deberías comer más, te hace falta, estas en los huesos-Dijo Jace a modo de saludo, como burlándose. No era la paciente más delgada. Era alta, aunque obviamente no tanto coma lo era él, y de huesos gruesos.
No le preste atención y seguí andando.
-Buenas noches Blossom. -Se despidió cuando llegamos arriba.
Como ya hacia tiempo que había oscurecido, encendí la luz, cogí una de los libros, Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, un escritor colombiano. La había leído varias veces pues la historia siempre me había resultado rara y a la vez interesante.
“no entiendo por qué lees ese libro, es de lo más aburrido” se quejó Soul.
“Ya decía yo que estabas tardando en entrometerte. Has estado muy callada.”
“¿Me has echado de menos? Voy a llorar” dijo poniendo tono de burla, lo que casi me hizo reír. Era tan distinta a mí y aún así era parte de mí.
“En realidad todo ha estado mucho más tranquilo sin ti dando voces o criticando a todos, solo que me preguntaba porque era. Llevas años sin estar callada tanto tiempo y las horas de dormir no cuentan.” Le explique cerrando el libro y dejándolo junto a mí.
“¿Quieres que te sea sincera?” preguntó de repente seria.
“Si te pregunto es para que me contestes. ¿No crees?”
Soltó lo que pareció un suspiro de pesadez y habló:
“Creo que es cosa de ese chico nuevo, el tan Daniel. Su luz me desagrada. Es como si me obligara a quedarme en el rincón más oscuro, escondiéndome. No me gusta. Me hace sentir indefensa”
“Vaya. Voy a tener que juntarme más con el si me va a proporcionas momentos de tanta tranquilidad” comente en broma. En el fondo quería mucho a Soul. Era la única persona que no me había abandonado.
“Estoy hablando muy en serio, Raven. Tengo un mal presentimiento con ese chico. No dejes que se te acerque demasiado.” Advirtió, preocupada.
“Claro. No te preocupes. No es como si yo fuera la única paciente del sanatorio. Su sonrisita a mí tampoco me gusta. La gente que sonríe tanto sin razón suele esconder algo, o eso creo, suele pasar en los libros.”
“Es tan triste, prácticamente todo lo que sabes de la vida lo sabes por leer las de otros, gente que ni siquiera existe.”
“Perdona, pero no creo que tengas derecho a criticar. Tú eres una voz e la cabeza de ese alguien que no ha vivido. ¿Qué sabrás tú?”
“Más de lo que crees. Puede que algún día te lo cuente. ¿No crees que ya es un poco tarde?”
Nada mas preguntar eso, las luces se apagaron de golpe, indicando que ya era la hora de dormir. Apartando el libro, me metí bajo las sabanas y cerré los ojos.
“Buenas noches, Soul.”
“Que duermas bien, Raven.”


Un extraño ruido, como un pitido, se me despertó.
Al abrir los ojos, me encontré de nuevo con la escena de mi último sueño. Mi habitación, vacía, el paisaje fuera de la ventana completamente negro, las paredes grises, todo era igual salvo que esta vez, la puerta ya estaba abierta.
“Esto es muy extraño” Pensé.
Había oído de gente que repetían algunos de sus sueños a lo largo de los años, como si la mente no les sirviera para uno nuevo, pero yo nunca había repetido uno.
Como no sabía qué hacer, si quedarme o irme a vagar por la mansión, me decidí por salir de allí, ya que en la habitación no parecía haber nada que hacer. El pasillo seguí sin tener puertas, además de la mía, lo que no ocurrió en el pasillo inferior. Ahora, las puertas eran muchas más, como si se hubieran multiplicado. Podía notarse la diferencia entre la luz que salía de algunas de las puertas. En algunas cambiaba el color y en otras la intensidad.
El pitido que me había despertado parecía ser más fuerte allí, hasta casi resultar molesto, por lo que seguí bajando la escalera, mientras el pitido volvía a bajar de intensidad.
En el piso principal, el pasillo se abría para dejar paso a las oficinas de los doctores, a las zonas comunes o, si salías por las puertas dobles de seguridad, a la zona de entrada.
Al acercarme a las puertas dobles probé a empujarlas y, como en el suelo anterior, mis manos traspasaron el pesado metal. Pero esa vez no me quede ahí, no. Preparándome para cualquier cosa que pasara, di un paso hacia delante y traspase toda la puerta, entrando en el vestíbulo por primera vez desde hacía mucho tiempo. No había cambiado nada. La moqueta del suelo seguía siendo vieja y gastada, aunque al menos parecía limpia. En la mesa que había en el centro de la pequeña sala de espera que formaba la entrada, con sillas de aspecto lujoso, o que al menos hacia un siglo lo habían sido, había una mesa de madera con un florero verde y flores frescas, aunque no sabía de qué tipo. Sabia por las conversaciones de algunos de los celadores y enfermeras que las flores de ese jarrón solían estar marchitas o simplemente no haber. Solo los días en los que estaba prevista alguna visita se colocaban.
A la izquierda de las dobles puertas estaba la pecera en la que los guardias observaban las cámaras de seguridad, o simplemente veían deportes mientras fingían trabajar, como estaban haciendo en ese momento. Dos guardias de aspecto rudo que en ocasiones muy escasas entraban en las dependencias estaban dentro. Uno de ellos veía la tele en la pantalla pequeña frente a él mientras que el otro dormía en una silla con la cabeza apoyada en el escritorio donde descansaban los monitores de seguridad.
Al pasar por delante me puse a gesticular y hacer caras, pero ninguno se movió, por lo que no me veían. Por primera vez en mucho tiempo se me escapó una carcajada. Fue cuando Daniel salió de lo que parecían los vestuarios. Me miró de nuevo, fijamente, como ya lo había hecho antes. Sonrió y caminó hacia mí con paso decidido.
-Pensaba que tardarías más tiempo en florecer, preciosa, pero ya veo que me equivocaba.
“¿De qué habla este pirado?” pensé poniéndole mala cara.
“Ahora no lo puedes entender, pero más tarde lo harás.”
¿Qué demonios? ¿Acaba de leer mi mente? Cada vez este sueño parecía más raro.

Cuando iba a contestar, de repente, sentí como una especie de tirón en mi cabeza, como si fuera un aviso de algo. Comencé a marearme y justo cuando Jace salió por las mismas puertas por las que Daniel había salido, todo el recorrido que había hecho desde mi habitación pasó ante mis ojos en un segundo y al levantarme para tomar aire estaba en mi habitación de nuevo.

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